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La Importancia de la Autestima y como mejorarla- Fobia Social

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marcmirlo
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La Importancia de la Autestima y como mejorarla- Fobia Social

Mensaje por marcmirlo el Vie Ago 31, 2012 4:40 pm

Este articulo venia en dos partes pero mi amigo FJ me lo ha enviado asi:

El modo en que nos sentimos con respecto a nosotros mismos afecta virtualmente en forma decisiva todos los aspectos de nuestra experiencia, desde la manera en que funcionamos en el trabajo, el amor o el sexo, hasta nuestro proceder como padres y las posibilidades que tenemos de progresar en la vida. Nuestras respuestas ante los acontecimientos dependen de quién y qué pensamos que somos. Los dramas de nuestra vida son los reflejos de la visión íntima que poseemos de nosotros mismos. Por lo tanto, la autoestima es la clave del éxito o del fracaso.
También es la clave para comprendernos y comprender a los demás.
Aparte de los problemas de origen biológico, no conozco una sola dificultad psicológica -desde la angustia y la depresión, el miedo a la intimidad o al éxito, el abuso del alcohol o de las drogas, el bajo rendimiento en el estudio o en el trabajo, hasta los malos tratos a las mujeres o a la violación de menores, las disfunciones sexuales o la inmadurez emocional, pasando por el suicidio o los crímenes violentos- que no sea atribuible a una autoestima deficiente. De todos los juicios a que nos sometemos, ninguno es tan importante como el nuestro propio. La autoestima positiva es el requisito fundamental para una vida plena.

Veamos qué es la autoestima. Tiene dos componentes: un sentimiento de capacidad personal y un sentimiento de valía personal. En otras palabras, la autoestima es la suma de la confianza y el respeto por uno mismo. Refleja el juicio implícito que cada uno hace de su habilidad para enfrentar los desafíos de la vida (para comprender y superar los problemas) y de su derecho a ser feliz (respetar y defender sus intereses y necesidades).

Tener una alta autoestima es sentirse confiadamente apto para la vida, es decir, capaz y valioso, en el sentido que acabo de indicar. Tener una autoestima baja es sentirse inútil para la vida; equivocado, no con respecto a tal o cual asunto, sino equivocado como persona. Tener un término medio de autoestima es fluctuar entre sentirse apto e inútil, acertado y equivocado como persona, y manifestar estas incoherencias en la conducta -actuar a veces con sensatez, a veces tontamente-, reforzando, así, la inseguridad.

Idealmente, todo el mundo debería disfrutar de un alto nivel de autoestima, experimentando tanto una fe intelectual en sí mismo como una fuerte sensación de que merecemos ser felices. Por desgracia, sin embargo, hay mucha gente a la que esto no le ocurre. Numerosas personas padecen sentimientos de inutilidad, inseguridad, dudas sobre sí mismas, culpa y miedo a participar plenamente en la vida, una vaga sensación de que "lo que soy no es suficiente". No siempre estos sentimientos se reconocen y admiten con facilidad, pero ahí están.

En el proceso del desarrollo, y en el proceso de la vida en sí, nos resulta sumamente fácil apartarnos de un concepto positivo de nosotros mismos, o no llegar a formarlo nunca. Tal vez no podamos jamás estar satisfechos con nosotros mismos a causa de la aportación negativa de los demás, o porque hemos fallado a nuestra propia honestidad, integridad, responsabilidad y autoafirmación, o porque hemos juzgado nuestras acciones con una comprensión y una compasión inadecuadas.

Sin embargo, la autoestima es siempre una cuestión de grado. Nunca he conocido a nadie que careciera por completo de autoestima positiva, ni tampoco he conocido a nadie que no fuera capaz de desarrollar su autoestima.

Desarrollar la autoestima es desarrollar la convicción de que uno es competente para vivir y merece la felicidad, y por lo tanto enfrentar a la vida con mayor confianza, benevolencia y optimismo, los cuales nos ayudan a alcanzar nuestras metas y experimentar la plenitud. Desarrollar la autoestima es ampliar nuestra capacidad de ser felices.

Cuanto más alta sea nuestra autoestima, mejor preparados estaremos para afrontar las adversidades; cuanto más flexibles seamos, más resistiremos la presiones que nos hacen sucumbir a la desesperación o a la derrota.

Cuanto más alta sea nuestra autoestima, más posibilidades de ser creativos en nuestro trabajo, lo que significa que también tendremos más posibilidades de lograr el éxito.

Cuanta más alta sea nuestra autoestima, más ambiciosos tenderemos a ser, no necesariamente en nuestra carrera o profesión o en un sentido económico, sino en términos de lo que esperamos experimentar en la vida en el plano emocional, creativo y espiritual.

Cuanto más alta sea nuestra autoestima, más posibilidades tendremos de entablar relaciones enriquecedores y no destructivas, ya que lo semejante se atrae entre sí, la salud llama a la salud, y la vitalidad y la generosidad de ánimo son más apetecibles que el vacío afectivo y la tendencia a aprovecharse de los demás.

Cuanto más alta es nuestra autoestima, más inclinados estaremos a tratar a los demás con respeto, benevolencia y buena voluntad, ya que no los percibiremos como amenaza, no nos sentiremos "extraños y asustados en un mundo que nunca hicimos" (citando el poema de A. E. Housman), y porque el respeto por uno mismo es la base del respeto por los demás.

Cuanta más alta sea nuestra autoestima, más alegría experimentaremos por el solo hecho de ser, de despertarnos por la mañana, de vivir dentro de nuestros cuerpos.

Estas son las recompensas de la confianza y el respeto por nosotros mismos.

He analizado con detalle porqué existen tales correlaciones; pero creo que está claro que si deseamos ampliar nuestras posibilidades positivas y, por lo tanto transformar la calidad de nuestra existencia, debemos empezar por desarrollar nuestra autoestima. Examinemos más profundamente el significado de la autoestima.

La autoestima, en cualquier nivel, es una experiencia íntima; reside en el núcleo de nuestro ser. Es lo que yo pienso y siento sobre mí mismo, no lo que otros piensan o sienten sobre mí.

Cuando somos niños, los adultos pueden alimentar o minar la confianza y el respeto por nosotros mismos, según que nos respeten, nos amen, nos valoren y nos alienten a tener fe en nosotros mismos, o no lo hagan. Pero aun en nuestros primeros años de vida nuestras propias elecciones y decisiones desempeñan un papel crucial en el nivel de autoestima que a la larga desarrollemos. Estamos lejos de ser meros receptáculos pasivos de las opiniones que los demás tengan de nosotros. Y de todos modos, cualquiera que haya sido nuestra educación, como adultos la cuestión está en nuestras manos.

Nadie puede respirar por nosotros, nadie puede pensar por nosotros, nadie puede imponernos la fe y el amor por nosotros mismos.

Puedo ser amado por mi familia, mi pareja y mis amigos, y sin embargo no amarme a mí mismo. Puedo ser admirado por mis socios y considerar no obstante que carezco de valores. Puedo proyectar una imagen de seguridad y aplomo que engañe a todo el mundo, y temblar secretamente porque me siento inútil.

Puedo satisfacer las expectativas de los demás y no las mías; puedo obtener altos honores y sin embargo sentir que no he logrado nada; puedo ser adorado por millones de personas pero despertar cada mañana con una deprimente sensación de fraude y vacío.

Alcanzar el "éxito" sin alcanzar una autoestima positiva es estar condenado a sentirse como un impostor que espera con angustia que lo descubran.

Así como el aplauso de los otros no genera nuestra autoestima, tampoco lo hacen el conocimiento, ni la destreza, ni las posesiones materiales, ni el matrimonio, ni la paternidad o maternidad, ni las obras de beneficencia, ni las conquistas sexuales, ni las cirugías estéticas. A veces estas cosas pueden hacernos sentir mejor con respecto a nosotros mismos por un tiempo, o más cómodos en determinadas situaciones; pero comodidad no es autoestima.

Lo trágico es que la mayoría de las personas buscan la auto confianza y el auto respeto en todas partes menos dentro de sí mismas, y por ello fracasan en su búsqueda. Veremos que la autoestima positiva se comprende mejor como una suerte de logro espiritual, es decir, como una victoria en la evolución de la conciencia. Cuando comenzamos a concebirla de este modo, como un estado de conciencia, descubrimos la necedad de creer que solo con lograr que los demás se formen una impresión positiva por parte de nosotros mismos. Dejaremos de decirnos: si pudiera lograr otro ascenso; si pudiera ser esposa y madre; si pudiera ser considerado un buen padre; si pudiera comprarme un coche más grande; si pudiera escribir otro libro, adquirir otra empresa, tener un nuevo amante, recibir otro premio, lograr un reconocimiento más de mi "abnegación"... entonces me irracional, ese anhelo por "algo más" existirá siempre.

El estado de una persona que no está en guerra ni consigo misma ni con los demás, es una de las características más significativas de una autoestima sana. La importancia de una autoestima sana reside en el hecho de que es la base de nuestra capacidad para responder de manera activa y positiva a las oportunidades que se nos presentan en el trabajo, en el amor y en la diversión. Es también la base de esa serenidad de espíritu que hace posible disfrutar de la vida.

El concepto de sí mismo como destino

El concepto que cada uno de nosotros tiene de sí mismo consiste en quién y qué pensamos que somos consciente y subconscientemente: nuestros rasgos físicos y psicológicos, nuestras cualidades y nuestros defectos y, por encima de todo, nuestra autoestima. La autoestima es el componente evaluativo del concepto de sí mismo.

Ese concepto modela nuestro destino; es decir que la visión más profunda que tenemos de nosotros mismos influye sobre todas nuestras elecciones y decisiones más significativas y, por ende, modela el tipo de vida que nos creamos.

Vivir conscientemente

Hay dos palabras que describen inmejorablemente lo que podemos hacer para aumentar nuestra autoestima, es decir, para generar más confianza en nosotros mismos y respetarnos más. Estas son: vivir conscientemente. El problema es que esta frase quizá resulte demasiado abstracta para algunas personas; no se traduce de manera auto evidente en una acción mental y/o física. Y si deseamos crecer, necesitamos saber qué hacer. Necesitamos aprender nuevas conductas. De modo que debemos preguntar: si tratáramos de vivir más conscientemente ¿cómo y en qué aspectos actuaríamos de manera diferente?

La mente es nuestro medio de supervivencia fundamental. Todos nuestros logros específicamente humanos son el reflejo de nuestra capacidad de pensar. Una vida llena de éxitos depende del uso adecuado de la inteligencia, es decir, adecuada a las tareas y objetivos que nos proponemos y a los desafíos con que nos enfrentamos. Este es el hecho biológico central de nuestra existencia.

Pero el uso adecuado de nuestra conciencia no es automático; más bien, es una elección. Tenemos libertad de obrar en pro de la ampliación o la limitación de la conciencia. Podemos aspirar a ver más o a ver menos. Podemos desear saber o no saber. Podemos luchar para obtener claridad o confusión. Podemos vivir conscientemente, o semiconscientemente, o (para casi todos los fines prácticos) inconscientemente. Éste es, en definitiva, el significado del libre albedrío.

Si nuestra vida y nuestro bienestar dependen del uso adecuado de la conciencia, la importancia que le otorguemos a la visión, prefiriéndola a la ceguera, es el componente más importante de nuestra auto confianza y nuestro autor respeto. Será difícil que podamos sentirnos competentes en la vida si vagamos (en el trabajo, en el matrimonio o en la relación con los hijos) en medio de una niebla mental auto provocada. Si traicionamos nuestro medio fundamental de supervivencia tratando de existir de forma irreflexiva, la impresión que nos formamos de nuestros propios méritos queda perjudicada en la misma medida, con independencia de la aprobación o desaprobación de los demás. Nosotros conocemos nuestros defectos, los conozcan o no los otros. La autoestima es la reputación que adquirimos con respecto a nosotros mismos.

Mil veces por día debemos elegir el nivel de conciencia en el cual funcionaremos. Mil veces por día debemos elegir entre pensar y no pensar. Gradualmente, con el tiempo, adquirimos una noción de la clase de persona que somos, según cuales sean las elecciones que hagamos, la racionalidad y la integridad que mostremos. Esa es la reputación a la que me refiero.
Cuanto más inteligentes somos, mayor es nuestra capacidad de conocimiento, pero el principio de vivir conscientemente sigue siendo el mismo, sea cual fuere el nivel de inteligencia. Vivir conscientemente significa conocer todo lo que afecta a nuestras acciones, objetivos, valores y metas, y comportarnos de acuerdo con aquello que vemos y sabemos.

En cualquier situación, vivir conscientemente significa generar un estado mental adecuado a la tarea que se realiza. Conducir un coche, hacer el amor, escribir la lista de la compra, estudiar un balance, meditar, todo ello requiere estados mentales diferentes, distintos tipos de procesos psíquicos. En lo referente a cuestiones de funcionamiento mental, el contexto determina qué es lo adecuado. Vivir conscientemente significa hacerse responsable del conocimiento adecuado a la acción que estamos efectuando. Esto, sobre todo, es el fundamente de la autoconfianza y el autor respeto.

La autoestima, pues, depende, no de las características con las que nacemos, sino del modo en que usemos nuestra conciencia, de las elecciones que hagamos con respecto al conocimiento, la honestidad de nuestra relación con la realidad y el nivel de nuestra integridad. Una persona de gran inteligencia y gran autoestima no se sentirá más adecuada a la vida o más merecedora de felicidad que otra persona con gran autoestima y una inteligencia modesta.

Vivir conscientemente implica respeto por los hechos de la realidad -los hechos de nuestro mundo interior así como los del mundo exterior-, en contraste con una actitud equivalente a decir: "Si yo no quiero verlo o considerarlo, esto no existe". Vivir conscientemente es vivir responsablemente para con la realidad. Lo cual no significa que tenga que gustarnos lo que vemos, sino que debemos reconocer lo que es y lo que no es, y que los deseos o los miedos o los rechazos no alteran los hechos.

Al considerar los ejemplos precedentes, analice los resultados que implica el hecho de vivir conscientemente, en contraposición a los que produce el vivir inconscientemente:

Pensar, aunque resulte difícil, contra no pensar.

El conocimiento, aun cuando sea un desafío, contra el desconocimiento.

La claridad, se obtenga o no con facilidad, contra la oscuridad o la vaguedad.

El respeto por la realidad, ya sea agradable o dolorosa, contra la huida de la realidad.

El respeto por la verdad contra el rechazo de la verdad.

La independencia contra la dependencia.

La actitud contra la actitud pasiva.

La voluntad de correr riesgos adecuados, aunque despierten miedo, contra la falta de voluntad.

La honestidad con uno mismo contra la deshonestidad.

Vivir en el presente y de acuerdo con él, contra replegarse en la fantasía.

Enfrentarse a uno mismo contra evitarse a uno mismo.

La voluntad de ver y corregir los errores, contra la perseverancia en el error.

La razón contra el irracionalismo.

Uno de los puntos más importantes del vivir conscientemente es la independencia intelectual. Una persona no puede pensar a través de la mente de otra. Podemos aprender de los demás, pero el verdadero conocimiento implica comprensión, y no se trata de la mera repetición o imitación. Tenemos dos alternativas: ejercitar nuestra propia mente, o delegar en otros la responsabilidad del conocimiento y la evaluación y aceptar sus veredictos de manera más o menos incondicional.

Por supuesto, a veces los demás influyen en nosotros de modos que no reconocemos; pero esto no altera el hecho de que existe una distinción entre los que tratan de comprender las cosas por sí mismos, y los que no lo hacen. Lo decisivo a este respecto es nuestra intención, nuestra meta. Como política general, ¿intenta usted pensar por sí mismo? ¿Es esa su orientación básica?

Hablar de "pensar de forma independiente" es útil porque la redundancia tiene valor en términos de énfasis. A menudo la gente llama "pensar" al mero reciclaje de las opiniones ajenas, no al verdadero pensamiento. Pensar con independencia -sobre nuestro trabajo, nuestras relaciones, los valores que guiaran nuestra vida- es parte de lo que se quiere decir con "vivir conscientemente".


CÓMO MEJORAR
LA AUTOESTIMA

MANUAL PRÁCTICO


La liberación de la culpa
Nuestro objetivo es poseer un concepto de nosotros mismos resistente y positivo, y mantenerlo más allá de nuestra habilidad o falta de ella en cualquier ámbito concreto, y más allá de la aprobación o desaprobación de cualquier persona.
Al avanzar hacia esa meta, es de vital importancia el modo en que usted piensa acerca de su conducta (los parámetros por los cuales la juzga y el contexto dentro del cual la ve); sobre todo en los momentos en que se inclina a condenarse a usted mismo. Es obvio que la culpa subvierte la autoestima positiva.
Evaluar su conducta encierra algunas preguntas como: ¿según los parámetros de quien juzga usted su conducta: los suyos o los de otra persona?
¿Trata usted de comprender por qué actuó como lo hizo? ¿Recuerda las circunstancias, el contexto y las opciones que, según usted percibió, estaban a su disposición en ese momento?
¿Evalúa usted su conducta como si fuera la de otro?
Cuando piensa en su conducta, ¿identifica las áreas o las circunstancias especificas en las que tiene lugar, o generaliza en exceso y dice: "Lo ignoro", cuando en realidad quizás ignore un tema particular pero conozca bien muchos otros temas? ¿O dice: "Soy débil", cuando en realidad puede faltarle coraje o fuerza en una esfera particular pero no en otras?
Si lamenta sus acciones, ¿trata de aprender de ellas, para que en su conducta futura no repita las mismas equivocaciones? ¿O simplemente sufre por el pasado y sigue pasivamente atado a modelos de conducta que sabe inadecuados?
La respuesta a todas estas preguntas tendrá profundas implicaciones para su autoestima.
Nos sentimos culpables cuando:
Al contemplar algo que hemos hecho o dejado de hacer, experimentamos un sentimiento de minusvalía;
Nos vemos impulsados a racionalizar o justificar nuestra conducta.
Nos podemos a la defensiva, en actitud combativa, cuando alguien menciona la conducta en cuestión;
Nos resulta difícil y penoso recordar o examinar la conducta.
Piense en alguna acción que haya realizado, o que no haya realizado, de la cual se arrepiente, algo lo bastante significativo como para haber hecho mella en su autoestima. Luego pregúntese: ¿según los parámetros de quien estoy juzgando? ¿Los míos o los de otro? Si esos parámetros no son en verdad suyos, pregúntese: ¿Qué es lo que yo creo en realidad sobre esto? Si usted es un ser humano pensante y, con toda honestidad y plena conciencia, no ve nada malo en su conducta, quizás encuentre el coraje necesario para dejar de condenarse en ese mismo instante. O, al menos, tal vez comience a vislumbrar una nueva perspectiva en la evaluación de su conducta.
"Yo solía hacerme reproches -decía Beatriz, en una de nuestras sesiones de terapia- porque nunca quise que mi madre viviera conmigo. Es decir, conmigo, mi marido y nuestros hijos. Me educaron según el principio de que el deber hacia los padres es lo más importante, y que el egoísmo es un pecado. Pero una de las cosas que conseguí con la terapia es prestar atención a lo que yo realmente pienso, más que a lo que a veces me digo que pienso. Y la verdad es que para mi esas enseñanzas no tenían ningún sentido, sobre todo al considerar que mi madre siempre dejo bien en claro que yo no le gustaba mucho, y que yo sé que ella no me gusta mucho a mi. Nunca nos llevamos bien. Toda su vida estuvo inmersa en el abatimiento y la fatalidad. Si yo me mostraba demasiado feliz, solía decirme que algo no me funcionaba bien. Pensé que, si permitía que mi madre viniera a vivir con nosotros, iba a ser un infierno para mí y para mi familia. Además, es mi vida, no la de ellos. Así que haré lo que a mí me parece racional, y aceptare las consecuencias."
No estoy sugiriendo con esto que todos los valores son subjetivos y que la moral es sencillamente lo que un individuo piense o sienta que es moral. En Honoring the Self desarrollo mi propio concepto de lo que entiendo por una ética racional y objetiva, una ética de autointerés racional y lógico. Pero en general la gente suele dejarse intimidar por las preferencias valorativas de los demás, a expensas de sus propias necesidades, percepciones y autoestima.
En la práctica de la terapia, gran parte de lo que se llama culpa tiene que ver con la desaprobación o la condena de otros, de personajes influyentes como los padres o cónyuges; no siempre es aconsejable tomar las declaraciones de culpa (las nuestras o las de los demás) al pie de la letra. Con frecuencia, cuando alguien declara: "Me siento culpable por esto y por esto", lo que en realidad quiere decir, aunque rara vez lo reconoce, es: "Tengo miedo de que si mamá o papá (o alguna otra persona importante) se entera de lo que he hecho, me critique, repudie o condene". A menudo, la persona no considera la acción como verdaderamente mala, en cuyo caso lo que siente no es literalmente culpa. De modo que la solución a esta categoría de "culpa" es atender a la auténtica voz del yo, respetar su propio juicio por encima de las creencias de los demás que uno no comparte de manera sincera (aunque finja hacerlo)
Recuerdo algunos pacientes que confesaban sentirse culpables por la masturbación, porque cuando eran jóvenes sus padres les habían enseñado que era pecado. A veces un terapeuta "soluciona" este problema reemplazando la autoridad de los padres del paciente por la suya propia y asegurándole que la masturbación es una actividad más que aceptable. Pero esto supone que la "culpa" está provocada por una idea equivocada sobra la moralidad de la masturbación. Yo considero que esta actitud equivale a echar una cortina de humo.
El problema más profundo es la dependencia y el miedo a desafiar los valores de otras personas influyentes. Así pues, trabajo, en primer lugar, para tratar de lograr un cambio en la definición del problema, de la manera siguiente: "Yo no creo que la masturbación sea algo malo, pero tengo miedo de la desaprobación de mis padres". Al reconsiderar el problema de este modo, hemos salido del campo de la culpa y el autor reproche; le hemos dado una definición más precisa y útil. Y el desafío se convierte en: ¿Estoy dispuesto a perseverar y actuar de acuerdo con mis propias percepciones y convicciones? Tal disposición es uno de los significados de "honrar al yo". Cuando una persona acepta este desafío, la autoestima se eleva.
A veces las declaraciones de culpa son una cortina de humo para ocultar sentimientos negados o rechazados. Por ejemplo: "No he logrado vivir de acuerdo con las expectativas o parámetros de otro. Tengo miedo de admitir que esas expectativas y esos parámetros me intimidan. Tengo miedo de reconocer cuánto me irrita lo que se espera de mí. Así que, en cambio, me digo a mi mismo, y les digo a los demás, que me siento culpable de no haber hecho lo correcto, y de ese modo no tengo que temer comunicar mi resentimiento y poner en peligro mi relación con los demás".
Si usted se reconoce en esta descripción, la solución para su "culpa" es ser honesto consigo mismo y con los demás respecto de su resentimiento. Primero, por supuesto, debe ser honesto consigo mismo. Reconozca su irritación. Admita que su resentimiento está regido por parámetros y expectativas que no son verdaderamente suyos. Y observe cómo la "culpa" comienza a desaparecer, aunque aun deba seguir luchando para obtener una mayor autonomía.
Cuando nos comportamos de modos que se oponen a nuestro juicio de lo que es apropiado, tendemos a perder valor ante nuestros propios ojos. Tendremos a respetarnos menos. Pero si nos limitamos a castigarnos, a despreciarnos, y luego no pensar más en ello, deterioramos nuestra autoestima y aumentamos la probabilidad de poseer menos integridad personal en el futuro. Un mal concepto de uno mismo es una profecía que siempre acaba cumpliéndose: provoca en nosotros una mala conducta. No mejoramos diciéndonos que estamos corruptos. Nuestras acciones son un reflejo del sujeto y la entidad que pensamos que somos. Necesitamos aprender, pues, una reacción alternativa frente a nuestras faltas, que es más útil para nuestra autoestima y para nuestras conductas futuras.
En lugar de caer en la auto condena, podemos aprender a preguntarnos: ¿cuáles fueron las circunstancias? ¿Por qué mis elecciones o decisiones parecían deseables o indispensables en aquel contexto? ¿Qué estaba yo tratando de lograr? ¿De qué modo intentaba defenderme?
No podemos comprender las acciones de un ser humano hasta que comprendamos por qué tienen algún sentido para la persona implicada. Necesitamos conocer el contexto personal en el que ocurrieron las acciones, el modelo de realidad, el modelo del yo-en-el-mundo que yace detrás de las conductas.
Por ejemplo: supongamos que soy una mujer que he elegido permanecer demasiado tiempo junto a un marido alcohólico que me maltrataba físicamente, lo cual es peligroso tanto para mí como para mis hijos. Sé que debería irme, pero tengo miedo. La vida es para mí algo temible, mi situación me resulta precaria, y veo que mis recursos y opciones son muy limitados. Dada mi inseguridad básica, mi modelo personal del yo-en-el-mundo, estoy tratando de sobrevivir, lo cual no es un crimen. Quizás desee tener más coraje y confianza y no sufrir tanta angustia, pero no puedo maldecirme por tratar de vivir. Sólo puedo aprender que es posible vivir mejor cambiando mi punto de vista sobre mí misma y sobre el mundo.
El hecho importante es éste: si podemos contemplar nuestro contexto personal con compasión y deseos de comprender (sin negar ni por un momento lo equivocado de nuestra conducta), si podemos ser para con nosotros mismos un buen amigo que realmente quiere saber por qué nos comportamos como lo hacemos, entonces podremos curarnos; sentiremos quizá remordimiento y arrepentimiento, pero no nos auto condenaremos. Y la consecuencia más probable será la decisión de ser mejores en el futuro.
Este, después de todo, es el modelo que utilizamos en la terapia. Una mujer confiesa una infidelidad sexual; un hombre admite que ha perpetrado una violación; un empleado reconoce haberse apropiado de los fondos de la empresa; un adolescente cuenta haber herido adrede a su hermano menor; un científico admite haber falsificado datos; un padre confiesa haber sido cruel y desconsiderado con respecto a las necesidades de sus hijos; un profesor reconoce haber aprovechado el trabajo de un alumno para mejorar su prestigio; una secretaria admite haber faltado a su empleo, con la excusa de estar enferma, para salir con su novio; un periodista confiesa haber inventado chismes con fines maliciosos. Algunas de estas acciones pueden ser triviales, otras tienen trágicas consecuencias. Pero cuando en la terapia nuestros pacientes hablan de ellas transmitiéndonos su sentimiento de culpa, ¿qué hacemos para repararlo?
"Mi madre era muy sarcástica -dice una enfermera de treinta y un años. Tenía una lengua viperina. Cuando yo era chica, no sabía cómo acostumbrarme a eso. Lloraba mucho. Siento escalofríos cuando pienso en mí misma a los tres, cuatro o cinco años."
Pero muchos de sus pacientes se han quejado de sus modos bruscos y sus ocasionales observaciones mordaces. Sabe que en general no cae bien, pero tiende a engañarse en cuanto al porqué.
"Cuando yo tenía doce años -manifiesta un abogado de cincuenta y un años- en nuestra calle había un chulo que me aterraba. Me pegó varias veces y, después, con solo mirarlo quedaba yo reducido a la nada. No me gusta recordarlo. No me gusta hablar de ello. En realidad, no me gusta admitir que era un chico asustado. ¿Por qué no podía afrontar la situación de otra manera? Mejor que me olvide de ese pequeño bastardo lo antes posible."
Aunque es brillante en su trabajo, pocos de sus clientes simpatizan con este hombre. Lo consideran insensible y cruel. "Es un chulo", ha observado más de uno.
Existen muchas razones que hacen que la gente sienta que no pueden perdonar al niño que fueron una vez. Como los pacientes mencionados, niegan y rechazan a ese niño. Traducidas a palabras, sus actitudes equivalen a lo siguiente: no puedo perdonarme haberle tenido tanto miedo a mi madre; haber anhelado tanto la aprobación de mi padre; haberme sentido tan poco querido; haber tenido tanta necesidad de atención y afecto; haberme sentido tan confundido por las cosas; haber hecho algo, aunque no tengo idea de que, para que mi padre abusara sexualmente de mí; haber sido tan torpe en las clases de gimnasia; haberme sentido intimidado por mi profesor; haber sufrido tanto; no haber sido popular en la escuela; haber sido tímido y apocado; no haber sido más duro; haber temido desobedecer a mis padres; haber hecho cualquier cosa para gustar; haber ansiado que me trataran con amabilidad; haber sido malhumorado y hostil; haber tenido celos de mi hermano menor; haber pensado que todo el mundo sabía más que yo; no haber sabido qué hacer cuando me ridiculizaban; no haberme enfrentado a la gente; que mis ropas fueran siempre las más pobres y andrajosas de entre todos mis compañeros de escuela.
En realidad, el niño que fuimos una vez puede ser recordado como una fuente de dolor, rabia, miedo, embarazo o humillación, o ser reprimido, rechazado, repudiado y olvidado. Rechazamos a ese niño tal como, quizás, lo hicieran otros, y nuestra crueldad para con ese niño puede proseguir diaria e indefinidamente a través de toda nuestra vida, en el teatro de nuestra propia psique, donde el niño continua existiendo como una subpersonalidad, un sí-mismo niño.
Podemos, como adultos, encontrar múltiples pruebas del rechazo de los demás en nuestras relaciones actuales, sin darnos cuenta de que las raíces de nuestra experiencia de rechazo son más internas que externas. Toda nuestra vida puede consistir en una serie de actos de incesante auto rechazo, mientras seguimos quejándonos de que son los otros los que no nos quieren.
Cuando aprendemos a perdonar al niño que hemos sido, por algo que él o ella no sabía o no podía hacer, o no era capaz de afrontar, o sentía o no sentía; cuando luchaba por sobrevivir de la mejor manera posible, entonces el sí-mismo adulto ya no sostiene una relación de realidad con el sí-mismo niño- Una parte no está en guerra con la otra, Nuestras respuestas adultas son más adecuadas.
Anteriormente introduje el concepto de un sí-mismo niño: la representación interna del niño que fuimos una vez, la constelación de actitudes, sentimientos, valores y perspectivas que fueron nuestros hace mucho tiempo, y que gozan de inmortalidad psicológica como un componente de nuestro si-mismo total. Es un sub-sí-mismo, una subpersonalidad, un estado mental que puede ser más o menos dominante en un momento dado, y en virtud del cual obramos a veces, casi exclusivamente, sin darnos cuenta de que lo hacemos.
Podemos (de forma implícita) relacionarnos con nuestro sí-mismo niño de manera consciente o inconsciente, con benevolencia o con hostilidad, con compasión o con severidad. Como espero que aclaren los ejercicios que figuran en esta sección, cuando uno se relaciona consciente y positivamente con el sí-mismo niño, éste puede ser asimilado e integrado en el sé-mismo total. Cuando la relación es inconsciente y/o negativa, se abandona al sí-mismo niño en una especie de alienado olvido. En este último caso, cuando se deja inconsciente al sí-mismo niño, o se lo rechaza y repudia, nos fragmentamos; no nos sentimos completos; en alguna medida nos sentimos enajenados de nosotros mismos; y la autoestima queda perjudicada.
Cuando no se lo reconoce ni se lo comprende, o se lo rechaza y abandona, el sí-mismo niño puede convertirse en una "perturbación" que obstruye tanto nuestra evolución como el goce de la existencia. La expresión externa de este fenómeno es que a veces mostraremos una conducta infantil nociva, o caeremos en modelos de dependencia inapropiados, o nos volveremos narcisistas, o experimentaremos el mundo como si éste perteneciera a "los mayores".
Por el contrario, si es reconocido, aceptado, admitido y por lo tanto integrado, el sí-mismo niño puede ser una magnífica fuente de enriquecimiento de nuestra vida, con su potencial de espontaneidad, capacidad lúdica e imaginación.
Antes de intimar con su sí-mismo niño e integrarlo, para que conviva con armoniosa relación con el resto de usted, debe tomar contacto con esa entidad que vive en su mundo interior. Como medio de presentar a mis pacientes o alumnos a sus sí-mismos, a veces les pido que se dejen llevar por una fantasía, que se imaginen caminando por una carretera rural hasta que, a lo lejos, vean a un niño sentado junto a un árbol y, al acercarse, comprueben que ese niño es el sí-mismo que ellos fueron una vez. Luego les pido que se sienten junto al árbol y entablen un diálogo con el niño. Los animo a que hablen en voz alta, para profundizar la realidad de la experiencia. ¿Qué quieren y necesitan decirse el uno al otro? No es infrecuente que broten las lágrimas; a veces se manifiesta alegría. Pero casi siempre se dan cuenta de que de alguna manera el niño aún existe dentro de la psique (como un estado mental) y porta su contribución a la vida del adulto. De este descubrimiento emerge un sí-mismo más rico, más pleno. A menudo advierten con tristeza que habían pensado, equivocadamente, que necesitaban deshacerse de ese niño para poder crecer.

    Fecha y hora actual: Vie Ago 18, 2017 1:20 am